"Cádiz y la Hispanidad"
Compartimos hoy una nota publicada en el número 211 (de octubre de 1965) de la revista Mundo Hispánico: "Cádiz y la Hispanidad", de José María Pemán. El texto viene acompañado con la imagen original.
ESPAÑA, por su tenacidad en prolongar los valores medievales, y perforar con ellos el Renacimiento, adquirió, desde esa hora, algo que podríamos llamar pedestremente una especie de “torticolis historicista”, un “tic” y hábito de mirar hacia el pasado. Las dos grandes figuras de nuestro gran siglo literario miran hacia atrás, tienen una cierta dimensión arcaizante. Don Quijote se propone un proyecto de vida arcaica, medievalista: la caballería andante. Lope se propone la evocación y vivificación de la edad heroica: del romancero y la crónica. Son dos modos de resucitar muertos.
Por mucho tiempo, todo valor, todo estilo o dimensión hispánicos estuvieron afectados de este sentido arcaizante. Lo que se llamó, desde principios de siglo, “hispanoamericanismo”, no se libró de esta deformación. El hispanoamericanismo se inició con un sentido evocador y retrospectivo. Se recordaba a los pueblos de alma española, con nostálgica dimensión de pretérito, que habíamos estado juntos. Se parecían nuestras sesiones de hispanoamericanismo a esas cenas correctas y melancólicas que vemos concertar en las películas a los cónyuges divorciados para recordar, juntos, “mejores días”.
He escrito alguna vez en estas mismas páginas que Cádiz fue, un poco, la cuna del hispanoamericanismo actual. Apenas se hablaba de ese tema ni corría valida esa palabra cuando en Cádiz se fundaba, en torno al centenario de las Cortes, la Real Academia Hispano Americana. Parecía una empresa de sonadores y utopistas, que en Madrid apenas coreaba, en el Ateneo, don Rafael María de Labra, con sus admoniciones solitarias.
No se libró el hispanoamericanismo gaditano en sus días iniciales de esa dimensión evocadora e historicista. En el primer momento, el hispanoamericanismo parecía un perfume poético de los lugares colombinos, como el orientalismo un aroma de los sitios donde reinaron y florecieron los moros. La Rábida venía a ser como una Alhambra de otro capítulo cancelado de nuestra varia y agitada historia.
No le faltaban a Cádiz objetivos arcaicos y colombinos para alimentar esa forma de hispanoamericanismo. El segundo viaje de Colón, quizá el más trascendental porque en él se conoció ya que era un “Mundo” lo que se había descubierto, partió de Cádiz, y no fue ya obra de una flotilla de exploración, como eran las tres carabelas, sino de una verdadera escuadra o convoy de diecisiete buques, con mil quinientos tripulantes. De Cádiz salió también la fuerza de socorro que, al mando de Pedro Alonso Nino, fue a liberar la isla Española. Cádiz se colocaba acusadamente en el romancero del Descubrimiento y Conquista. Pero en seguida, muy a tono con el carácter culto, urbanísimo y comercial de la ciudad, se colocaba preeminentemente en la historia política y administrativa del Nuevo Mundo descubierto. Colón, que había quedado mal avenido con su tripulación de Palos de Moguer, reclutada un poco en atropello y urgencia, obtiene de los Reyes la cédula de 3 de mayo de 1495 que erige a Cádiz en puerto oficial de donde han de salir y a donde han de volver cuantos quieran navegar hacia las nuevas tierras. Luego, en 1509, la reina Doña Juana localiza en Cádiz la Aduana de Indias, y a mediados del XVIII se trae a Cádiz la Casa de Contratación y los dos consulados americanos.
Desde ese momento se va a apoderar plenamente del hispanoamericanismo de Cádiz este sentido civil y político que cancelara la dimensión lirica o épico-histórica. Como dirá Labra, “por la templanza de su clima, por la dulzura de su habla..., por la comunicación frecuente e íntima de peninsulares y americanos”, Cádiz empezó a ser “una porción de América puesta dentro de España”. Hijo de la contratación, del comercio, del consulado, más que del romancero navegante, el hispanoamericanismo gaditano empezaba ya a ser Hispanidad.
Por eso la Academia gaditana separó pronto la prehistoria del hispanoamericanismo pirotécnico, y tuvo un sentido verdaderamente constructivo y jurídico de hispanidad. Basta con darse cuenta de que su nacimiento había sido coetáneo con la celebración centenaria de las Cortes de Cádiz. Las Cortes de 1812 fueron la ebullición más viva de ideas políticas y utopías civiles que cabe en un pueblo que vive una guerra tremenda. Por iniciativa de la Academia, la fachada de San Felipe, el templo donde se celebró la gran asamblea, se llenó de lapidas conmemorativas de los diputados americanos. Realmente, el grupo americano —Mejía, Olmedo, Morales, Castillo y Gordoa, Guridi— fue el partido más compacto de las Cortes, el que tuvo ya perfil de verdadera minoría parlamentaria; en la que empezó a germinar la Independencia con los mismos instrumentos liberales, representativos y municipales que España había llevado a América, y con las mismas tesis de soberanía popular que llevaron allá nuestros teólogos, y que revivían al vacar, en Bayona, la soberanía real.
Cádiz es la ciudad de las lápidas, como salpicadura, en sus paredes, de la espuma de su agitada historia. Al lado de mi casa está la lápida que recuerda al gran orador ecuatoriano Mejía Lequerica, que allí murió. Trescientos metros más allá, la que señala la casa donde murió Rivadavia, el Presidente argentino. Seiscientos metros más allá, la que recuerda la casa donde vivió el precursor Miranda. En Cádiz hubo un estamento americano que dio calor a todos estos grandes compatriotas que con ideas emancipadoras pasaron por allí. Y otros muchos, como O'Higgins, Nariño, Bolívar. En su espléndido libro “El Cádiz de las Cortes”, Ramon Solís puntualiza todo este capítulo gaditano.
Hasta hace poco, todo esto se encaraba con un límite dubitativo desde un concepto nacionalista de la historia. Hoy día, todo esto entra en la gran síntesis mental, comprensiva e histórica que es la Hispanidad. ¿Sería mucho adjetivo para Cádiz el de “precursor”?
José Ma. Pemán
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