La Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, "centro mariano de América"

En este día dedicado a la Inmaculada Concepción -solemnidad religiosa de especial cuño hispánico- y a las puertas de la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América, compartimos esta nota sobre "el centro mariano" de nuestro continente, publicada en la edición especial de Mundo Hispánico dedicada a México  (Número Extraordinario Número 8, de 1957).


EN¿n 1568, un marinero ingles que pertenecía a la flota del pirata Hawkings tuvo ocasión de pasar algún tiempo, por circunstancias no muy claras, en la capital de México. Se conservan, no obstante, unos documentos de su mano en los que relata, con el espíritu de un cronista, sus impresiones de la ciudad. Para esa fecha existían ya, como es natural, innumerables testimonios de gentes cristianas sobre el culto y devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, pero el dato del pirata inglés, protestante además, no deja de ser revelador.  “A dos leguas —dice— de la ciudad, en un lugar donde los españoles han edificado una magnifica iglesia dedicada a la Virgen... siempre que pasan junto a esta iglesia, aunque sea a caballo, se apean, entran a la iglesia, se arrodillan ante la imagen y ruegan a Nuestra Señora que los libre de todo mal, de manera que vayan a pie o a caballo, no pasarán de largo sin entrar en la iglesia y orar como queda dicho…”


LAS CUATRO APARICIONES DE LA VIRGEN AL INDIO JUAN DIEGO 

El Cerro del Tepeyac fue el sitio elegido. No es alto ni grande. La ciudad, la traza española, estaba entonces, en la mañana del 9 de diciembre de 1531, bastante alejada. Un indito, Juan Diego, cruzaba el montecillo, siguiendo los atajos, para llegar primero a la ciudad. Era sábado y por el alba. 

Aquella mañana se produjo la primera aparición de Nuestra Señora de Guadalupe al indio Juan Diego, porque el hecho fabuloso y que daría una gigantesca importancia al acontecimiento, es que, entre todos, el escogido fue un indio, abriéndose paso en México desde esa hora, la semilla arrolladora de la evangelización total. 

El primer mandato de la Virgen fue ordenar a Juan Diego que visitase al obispo de México, entonces Fray Juan de Zumárraga. El obispo se asombró de manera harto evidente del mensaje y del mensajero: “edificar, había dicho Nuestra Señora, una iglesia en el Cerro”. 

Es fama que Fray Juan de Zumárraga despidió benignamente al indito Juan Diego, pero sin dar mayor importancia a la cosa como, por otra parte, era lógico. En esta situación, Juan Diego, después de acabar sus quehaceres, volvió a tomar el camino de regreso a través del Cerro. Debian ser las cuatro de la tarde cuando, repentinamente, como en la mañana, la Virgen renovó por segunda vez su aparición. 

El indito, humildemente, le dio cuenta del fracaso ante las autoridades eclesiásticas y suplicó, harto vivamente, que escogiera a hombre o gente de mayor calidad para hablar al Obispo. 

Ninguna de sus razones sirvió de mucho porque, en la mañana del día 10 de diciembre, después de haber oído misa, se presentaba nuevamente, como hacia las diez de la mañana, ante Fray Juan, quien, en esta ocasión, sorprendido por su ingenua declaración, comenzó a someterle a un amplio interrogatorio buscando, a través de sus palabras, la falsía o la verdad de la declaración. Por último, le pidió una prueba de todo. 

A la misma hora que el día antes, Juan Diego cruzaba las sendas del Tepeyac. Por ellas andaba cuando la Virgen se le apareció nuevamente para preguntarle el resultado de su gestión. El indio le explicó todo y la Virgen le advirtió que al día siguiente le daría la señal que serviría de prueba ante el Obispo. 

El día 11, el indito Juan Diego que andaba apresurado y temeroso por la enfermedad de su tío Juan Bernardino, no fue al Cerro y, en la madrugada del día siguiente marchó a la ciudad para buscar un fraile que atendiera al enfermo, pero, cerca ya del Cerro, pensó que pudiera presentársele la Virgen e interrumpir su viaje en busca del fraile. Por esa razón escogió otro camino que el acostumbrado, pero, aun así, ocurrió lo de los días anteriores. En presencia, nuevamente, de la Virgen, Juan Diego explicó, candorosamente, todo lo que había ocurrido, aparte de la enfermedad de Juan Bernardino. Consolado el indio ante la seguridad que le dio Nuestra Señora de que recobraría la salud, se dispuso a llevar al Obispo la señal pedida. 

Este es el momento de mayor interés. ¿Cuál será la prueba elegida? La Virgen, simplemente, manda al indio a cortar unas rosas en la cima del Cerro y que, una vez cortadas, volviese allí. Juan Diego, aun sabiendo que en el Cerro no había otra cosa que piedra, tunas y nopales, escaló el monte y encontró, arriba, una prodigiosa floración de rosas de Castilla. Atónito, corto unas docenas y se presentó ante la Virgen. Ella misma las fue colocando en su tilma y, al fin, le dijo:-“Anda, ve al Obispo y a nadie más que a él enseñes las rosas”. 

Con las flores abrazadas y ocultas en el ayate -especie de abrigo que llevaban los indios de aquella época - y después de mil discusiones consiguió pasar a ver a Fray Juan de Zumárraga. Contó detalladamente lo que había visto y cuando soltó las puntas del ayate “apareció pintada por milagro en la manta la imagen misma que hoy veneramos”. 

Fray Juan y cuantos con él estaban cayeron de rodillas. Al día siguiente visitaron el Cerro del Tepeyac con el indio Juan Diego para saber el lugar exacto donde debía ser edificado el templo. 

Así, de esta forma, comenzó la devoción mariana más importante de América. La Basílica de Guadalupe y el culto guadalupano son, indudablemente, uno de los más asombrosos sucesos de fe que puedan contemplarse. Testimonio mudo, inalterable, constante y profundo, dominó desde el principio todas las voluntades. La evangelización tomó, a partir de 1531, unas proporciones y una difusión extraordinaria, de forma que, cuatro siglos después, continúa siendo, por encima de las demás cosas, el verdadero milagro de América. Fray Juan de Zumárraga escribía a Cortés estas extraordinarias palabras: “Pues en tal día ha querido Dios y su Madre hacer esta merced a esta tierra que ganasteis”. 

El ayate de Juan Diego, en el que aparece la imagen de la Virgen de Guadalupe, se conserva intacto hasta nuestros días. Es una pieza bien tejida, pero pobre, porque solo los indios nobles, los principales y los valientes guerreros, se vestían con manta blanca de algodón. 


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