"Meditación del río, el campo y la ciudad", por José María Pemán


Escribió Domingo Faustino Sarmiento: “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión”. Podría decirse esto, más o menos, de todo el continente. 

Pero el “mal” más bien ha estado muchas veces en la manera de resolver ese problema de la extensión. La naturaleza no es nunca el mal absoluto. Dios da en ella la ley y la trampa. Hay modos e ingenios para vivir en el trópico, y en el circulo ártico, y en el ecuador, y en la pampa y en la selva. Y al pie de los volcanes y cerca de las punas. No hay obstáculo insalvable ni predeterminación ineludible en nada. El que se encuentre entorpecido en la extensión primaria del campo por regato o selva o desierto y solana, o vallado y púas, piense sencillamente en la tarea de aparcar un coche a las siete de la tarde en la gran ciudad; piense en buscar un “taxi”, piense en la “cola” de un cine o de un almacén en día de rebaja. 

La mala acomodación del lóbulo del sur del continente americano comenzó en mucha parte por la tradición de la equitación obsesiva frente a la navegación recelada. Falló en el hombre a caballo el buen entendimiento de los ríos. Los ríos eran un estorbo que había que atravesar horizontalmente, no navegar verticalmente. Dios había dispuesto una inmensa extensión de montes y llanuras, pero toda ella cruzada de carreteras de agua para comunicarse y llevar a puerto las riquezas. No supo el americano hispano aprovechar esto. Sin cuidarse de lo que se dejaba a la espalda, puso su gozo y orgullo en torno de las grandes bahías, deltas y estuarios que Dios le daba para expedir la riqueza interior, y que él tomó por fin en sí mismo. En torno a esas desembocaduras anchas y ostentosas construyó las grandes ciudades: Buenos Aires, Montevideo, Rio de Janeiro; la ciudad por la ciudad; la concentración de un cuarto o casi un tercio de los habitantes del país entero. Entonces resultó que durante mucho tiempo el interior de los países quedaba entregado a unos tipos intuitivos y mágicos —el rastreador, el baqueano, el curandero, el indio, el gaucho—, mientras que en la ciudad elefantiásica surgía un racionalismo un poco cruel y más o menos europeizante. 

No es esto decir que esa sabiduría urbanística no trajera sus aportaciones a la vida moderna. La gran ciudad supo mucho de recursos urbanos. Ante todo, supo corregirse a sí misma. Como estaban pobladas generalmente por aluviones de la más variada procedencia, supo construirse dentro de sí misma una federación de ciudades. La cifra clásica de la ciudad abarcable y perfecta —entre los ciento cincuenta y los doscientos vecinos, según los especialistas del tema— cuajó en el interior de la derramada y teórica gran capital. Había, como concentradas por el temor y espanto de la extensión, la ciudad judía, y la china, y la italiana, y la siria, y la libanesa. Los ayuntamientos tienen perfecta conciencia de todo cuanto albergaban en su laboriosa digestión. El que ha comido demasiado, siempre sabe por advertencia de sus gases y sus alientos lo que ha comido. El Ayuntamiento de Nueva York es paternal y mimoso para las varias ciudades que tiene acogidas. Me impresionó, visitando, esa casi ternura municipal que a la ciudad china le colocó cabinas de teléfonos callejeros con formas de pagoditas o casitas de biombo, laca o abanico. 

Claro que la gran ciudad procura mantener su tipo y hace trampas para no ser del todo “confederación” de ciudades. Así, Buenos Aires se precia de poseer la calle más larga del mundo. Tiene treinta y cinco kilómetros. Pero, en realidad, la vía Rivadavia es como un eje que atraviesa varias ciudades y sigue por los agregados y suburbios, Martínez, San Isidro, San Fernando. Ahora que alguno se ufana con que le pongan en el sobre: “Rivadavia, dos mil trescientos.” Como en Nueva York “piso cuarenta y dos”. Hacia el lado o hacia arriba, la gran ciudad colecciona números apabullantes. 

Pero no se crea, por eso, que en la gran ciudad no se fabrican productos humanísticos, inapreciables para la vida moderna. A pesar de todo, cierta sabiduría de procedencia interior y agrícola sobrenada y nutre estilos en el perímetro populoso. Así en los grandes urbanismos de los países técnicos y desarrollados en industrias, se lucha con el problema de la aglomeración y el tráfico. Con un menudo casuismo de ordenanzas y un aparato sutil de semáforos y discos. La gran ciudad de acarreo campesino fabrica algo más sustancial para el problema circulatorio. Fabrica paciencia. Fabrica modales. El agudo escritor Miguel Delibes cuenta que estuvo una tarde contemplando la circulación de la calle Corrientes y advirtió que un setenta por ciento de los automóviles que pasaban iban condecorados de abolladuras. Mas tarde presenció un choque de vehículos y comprendió que la ciudad tenía digerido con fatalismo y complacencia el problema de los encuentros automovilísticos. En Europa siempre que chocan dos coches resulta que todos tienen razón. En Buenos Aires todo se liquidó —como se licuan los gases— en esta sabiduría dialogada: 

        —Chocamos no más. 

        —Cada uno lleve su parte de gastos, si le parece. 

        —Buen día, pues. 

        —Hasta lueguito. 

Esto es tan importante como un semáforo. Son como unas luces psicológicas, rojas y verdes, que también valen para el tráfico. Y todo esto viene del estilo campesino escurrido sobre la ciudad. Tiene algo de trato de granjeros. Es una juridicidad de aire libre —”cada uno lleve su parte”— como las sentencias del Tribunal de las Aguas de Valencia o como los fallos y juicios del Martin Fierro. La circulación ha sido por mucho tiempo anárquica. Pero el peatón, sin defensa de rayas ni luces, poseía ya una agilidad ancestral para atravesar calles, de acera a acera, como quien atraviesa ríos de orilla a orilla. 

La misión de la América hispana en el concurso de la civilización actual tiene que ser la exportación de estos pacifismos, equilibrios y tolerancias que con raíces campesinas se exportan por las grandes ciudades y los grandes estuarios. 

Claro es que también la gran ciudad aloja a menudo la bandería del campo: revuelta, maquis, guerrillas. Santo Domingo, Bogotá, Caracas, saben de esto. Pero esto, en definitiva, será un hervor constituyente que desembocará en alguna genialidad política, más allá de la pura democracia y de la pura dictadura. El mundo joven del Sur tiene una sabiduría, también tomada de sus alacenas interiores y campesinas de temblor de tierra. Y distingue el “seísmo” o seísmos casi diarios, del auténtico “terremoto” que hay que tomar ya en serio. 

Viajaba yo en un trasatlántico hacia América. Iba una señora de Extremadura a reunirse con sus hijos. Todo el tiempo fue mareada. Suspiraba por llegar a Chile, adonde iba: “¨¡Quién estuviera ya en tierra firme!” Y un viajero chileno le prevenía: 

        —No se ilusione tanto, patroncita, que por allá la tierra se mueve también... 

¿Encontrará América en lo político, como en lo campesino y urbano, el modo de poseer y dominar una tierra que tiembla? No será una técnica pedante a la europea. Sera una brava y primaria sabiduría de dioses sobre ninfas. 


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