José Ortega y Gasset y "Tres cuadros del vino": nota 3 de 4 - "La 'Bacanal' de Poussin"
José Ortega y Gasset recorre el museo y halla otra bacanal: en este caso, del pintor francés Nicolás Poussin. A esta obra le dedica la tercera parte de la nota de la revista Mundo Hispánico número 45 que estamos compartiendo los lunes de abril.
La "Bacanal" de Poussin
por José Ortega y Gasset
Ello es que el vino, según Tiziano, lleva la pura materia orgánica a una potencia espiritual. Aquí tenemos, en este cuadro espléndido, declarada con motivo de unos hombres que se solazan en tomo a unas ánforas de vino, la filosofía del Renacimiento. La Edad Media nos habla del espíritu como enemigo y contradictor de la materia. Matando esta, crece aquel; la vida es una guerra que mueve el alma al cuerpo; la táctica se llama ascetismo.
Pero el Renacimiento siente de otra manera la incógnita de la existencia. Se resiste, se niega a esa dualidad pesimista. No; el mundo es uno: no es solo materia grosera, ni solo imaginaria espiritualidad. Lo que llamáis materia puede alcanzar una vibración rítmica, y esto es lo que llamáis espíritu. El músculo llega por sí mismo, a lo sumo favorecido por el vino, a la danza, la garganta al canto, el corazón al amor, los labios a la sonrisa, el cerebro a la idea.
Podemos, pues, arribar a una fórmula que nos fije el sentido de la Bacanal tizianesca: es el punto de indiferencia entre el hombre, la bestia y el dios. Sus personajes son de carne y hueso; por mera intensificación de sus energías naturales, es decir, bestiales, llegan a la unión esencial con el cosmos, a la intuición infinita, al absoluto optimismo que era patrimonio de la supuesta divinidad.
Comparemos brevemente con la de Tiziano la de Poussin.
El cuadro es una ruina de un cuadro. Imposible que la fotografía ni el grabado den una idea de él. Allá en una sala apenas visitada del Museo prolonga una fatal agonía. Los tonos rojos, simplicísimos, con que Poussin labraba sus figuras han sido absorbidos por la fiera luz real que sobre ellos, secularmente, ha ido operando.
Los tonos fríos de azules fundidos con negro se han empastado. Como ante el lienzo de Tiziano reímos, este lienzo, físicamente maltrecho, nos invita a la elegía, a meditar sobre lo fugitivo de todo esplendor, sobre el acabamiento y la cruel misión del tiempo, gran roedor.
Sin embargo, lo que nos cuenta Poussin es, si cabe, más alegre aun que la anécdota de Tiziano. Porque Tiziano refiere sólo una anécdota, nos presenta algo esencialmente momentáneo. No podemos menos de advertir el esfuerzo de la materia para ascender un instante, empujada por el vino, a las finas vibraciones espirituales; no podemos menos de presentir que todo concluirá en un inmenso cansancio, en carnes ajadas, en músculos lacios, en mal sabor de boca.
Los personajes de Poussin no son hombres, son dioses. Faunos silenos, ninfas y sátiros que acompañan por el bosque eternamente la rauda aventura de Baco y Ariadna. El elemento realista humano, solo humano, de Tiziano falta aquí. No por defecto, no por error u olvido, sino formalmente. Poussin pinta cuando ha pasado el Renacimiento como pasa una bacanal humana. Vive precisamente en el día que sigue a la orgia tizianesca. Llora de cansancio y desánimo. Las promesas optimistas del Renacimiento no se han cumplido. La existencia es áspera y exenta de poesía: la vida se va estrechando. Los pueblos de Occidente se entregan al misticismo o al racionalismo. ¿A qué vivir? Suprimamos en lo posible la acción; reduzcamos a lo mínimo la vida; más bien que vivir esta aspereza presente, recordemos la egregia existencia de un vago pretérito.
Poussin es un romántico de la mitología clásica. Dentro de un espacio irreal hace pasar el cortejo armonioso de unos seres divinos, dotados de un reír inextinguible, que beben sin emborracharse, para quienes la bacanal no es una fiesta, sino la vida normal. Meier-Graefe nota muy bien esto: "La bacanal de Poussin evita todos los extremos. No es, como la de Tiziano, el episodio de un día de libertinaje: es la felicidad hecha normal".
En efecto: el niño del cuadro de Tiziano está aquí a la derecha, en un grupo formado por un fauno y una ninfa, la cual cabalga un macho cabrío. El niño tiene patas de chivo, es un satirillo lindo, hijo tal vez del bufo y la bella divinidad. Esta aproximación entre el dios y la bestia tiene una grave intención melancólica, característica del Romanticismo. Cuando Rousseau postulaba la vuelta del hombre a la Naturaleza, proclamaba también la ruptura de la civilización. Esta, lo específicamente humano, es un error, un callejón sin salida. La Naturaleza es más perfecta que la cultura; es decir, la bestia está más cerca de Dios que el hombre. Y Pascal, tiempo antes, había predicado también: Il faut s’avetir.
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