José Ortega y Gasset y "Tres cuadros del vino": nota 4 de 4 - "'Los borrachos' de Velázquez"
La cuarta y última parte de la nota de Ortega y Gasset titulada "Tres cuadros del vino", publicada en diciembre de 1951 en Mundo Hispánico número 45 se refiere a "Los borrachos" (también llamado "El triunfo de Baco"), de Velázquez, el único español entre los tres pintores a que alude el autor.
"Los borrachos" de Velázquez
por José Ortega y Gasset
La belleza y la ventura son atribuciones de los dioses —nos sugiere Poussin—, no de los hombres. La alegría que describe en su cuadro produce en nosotros un reacción amarga, porque nos sentimos excluidos de ella. La realidad es laboriosa y lugar de dolor: la felicidad es irreal como estos dioses y estas ninfas. El sol real se ha vengado, ha oscurecido el cuadro, como dicen que los olímpicos poderes cegaron a Homero para vengarse del deshonor que este vertiera sobre Elena.
La solución del Poussin nos induce a una idea contemplativa, interior, callada, en que recogemos los tenues ecos de ese reír inextinguible que llevan en los labios los dioses. Solución poco reconfortante, equivoca invitación a una perdurable melancolía. Pero, al menos, Poussin nos asegura que hay dioses. Poussin pinta dioses.
Y he aquí que nuestro Velázquez reúne unos cuantos ganapanes, unos picaros, hez de la ciudad, sucios, ladinos e inertes. Y les dice: “Venid, que vamos a burlarnos de los dioses”.
En medio de la viña, desnuda a un mozancón rollizo, de carne linfática, y le pone unas hojas de vid en torno a la cabeza. Este será Baco. Y agrupa a los demás en torno de una jarra y les hace beber hasta que los ojos se hinchan estúpidamente y las mejillas se contraen en un necio gesto de risa. Esto es todo. La bacanal desciende a la borrachera. Baco es una mixtificación. No hay más que lo que se ve y se palpa. No hay dioses. El estado de espíritu que esto revela, la burla de toda mitología que, como es sabido, aparece a lo largo de la obra de Velázquez— recuérdese Mercurio y Argos, El dios Marte—, tiene, sin duda, grandeza. Es una valiente aceptación del materialismo, un desafío al cosmos, un soberbio malgré tout. Pero, ¿es justificado? ¿No es el realismo una limitación?
Porque, vengamos a cuentas: ¿Qué cosas son los dioses? ¿Qué han simbolizado los hombres en los dioses? El tema es grave y difícil. Forzándolo, podríamos decir: los dioses son el sentido superior que las cosas poseen si se las mira en conexión unas con otras. Así, Marte es lo mejor de la guerra: la gallardía, la entereza, la reciedad del cuerpo. Así, Venus es lo mejor de la expansión sexual: lo deseable, lo bello, lo suave y blanco, el eterno femenino. Baco es lo mejor de la sobreexcitación fisiológica: el ímpetu, el amor a los campos y a los animales, la profunda hermandad de todos los seres vivos, los bienhadados placeres que a la mísera Humanidad ofrece la fantasía. Los dioses son lo mejor de nosotros mismos, que una vez aislado de lo vulgar y peor, toma una apariencia personal.
Decir que no hay dioses es decir que las cosas no tienen, además de su constitución material, el aroma, el nimbo de una significación ideal, de un sentido. Es decir que la vida no tiene sentido, que las cosas carecen de conexión. Tiziano y Poussin son, cada cual a su modo, temperamentos religiosos, sienten lo que Goethe sentía: devoción a la Naturaleza. Velazquez es un gigante ateo, un colosal impío. Con su pincel arroja los dioses como a escobazos. En su bacanal no solo no hay un Baco, sino que hay un sinvergüenza representando a Baco. Es nuestro pintor. Ha preparado el camino para nuestra edad, exenta de dioses; edad administrativa en que, en vez de Dioniso, hablamos del alcoholismo.
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