"La Hispanidad y sus antagonistas"
Compartimos hoy una extensa nota de Ángel Álvarez de Miranda publicada en el número 136 de la revista Mundo Hispánico, edición correspondiente a julio de 1959. Se titula "La Hispanidad y sus antagonistas".
La eclosión simultánea en toda el
área americana del pensar hispánico ha llevado a varios de sus mantenedores a
proclamar el carácter unitario de la gran corriente del pensamiento de la
Hispanidad, a expresar la conciencia de su pujanza actual y de la potencial y a
puntualizar algunos extremos alusivos a España, cuya misión no puede reducirse a
la mera función progenitora en el pretérito.
En este sentido afirmaba
Goyeneche: “La
conciencia, cada día más clara, del origen común y del peligro común, ha
identificado el pensamiento de muchos hombres separados por extensiones
inmensas, pero unidos por lo más profundo y vital. Voces que es necesario que
no desoiga España, porque escuchándolas aprenderá también a conocerse a sí
misma”. Por su parte, Pablo Antonio Cuadra pone de relieve aspectos importantes
del renovado hispanismo americano: “No se
trata de amar sentimentalmente a España, sino de continuarla. Amar a España es
amarnos a nosotros mismos”. Y añade: “Muchos confunden
la Hispanidad con el amor a España. Muchos parecen creer que la Hispanidad es
una especie de Panamericanismo español. Una doctrina de Monroe, ejecutada al revés,
que trata de arrancar a la tierna e ingenua Hispanoamérica de las manos de un
imperialismo yanqui para ponerla en manos de otro imperialismo ibérico. Si España
dejase de existir, tragada por el mar, nosotros tendríamos que ser más
hispanistas aún. Porque con España nuestro hispanismo puede recurrir a España.
Pero sin España, nuestro hispanismo tiene que reponer a España”.
Pero la visión más profunda de
los problemas que implica la Hispanidad hay que buscarla en el pensamiento del
argentino Cesar E. Pico. Nadie ha expuesto con tanta clarividente exactitud
como él la esencia del fenómeno sociológico hispánico y el riesgo capital que
le acecha.
Partiendo de un estudio previo
acerca de la estructura sociológica de los entes supranacionales, Pico analiza
el peculiar carácter supranacional de la comunidad hispanoamericana, resumible
como una “proyección
de Europa en nuestro continente”. Ahora bien, se trata de una europeidad nutrida
desde lo español : “La
Hispanidad aparece así como la sociedad supranacional en que conviven los
individuos de Hispanoamérica. Es una como prolongación de España que nos
permite participar de Europa a través de España. Tiene, pues, más sentido para
nosotros que para los mismos españoles. Para nosotros es el trasfondo social de
nuestra nacionalidad concreta. Lo que es Europa para las naciones europeas, es
la Hispanidad para los hispanoamericanos. Sin los ingredientes europeos, las
naciones de Europa perderían —dice Ortega— las dos terceras partes de sus vísceras,
y sin los ingredientes ibéricos, las naciones de Hispanoamérica quedarían casi
totalmente evisceradas”. De aquí se siguen importantes consecuencias: se trata
de que, así como para España el trasfondo social es lo europeo, para Hispanoamérica,
en cambio, el trasfondo social es, en primera instancia, lo hispánico. Por eso “España tiene todavía sentido,
despojada de su apéndice trasatlántico, porque seguiría implantada en el suelo
germinante de Europa. Mas nosotros, sin la convivencia hispánica, nos reduciríamos
a ser europeos sin Europa, españoles sin España; es decir, un imposible”. Existe, pues, una sociedad supranacional
hispánica, y su realidad social exige “una política
realista, que se impondrá, bajo pena de muerte, a las naciones
hispanoamericanas”; política
de coordinación, cuyos módulos concretos se instauraran en el futuro quizá según
el modelo histórico de la confederación. En todo caso, la Hispanidad es, ante
todo, una realidad sociológica americana, y España debe comprender que “la Hispanidad carece de sentido
si no es el vehículo y la expresión de la europeidad”, pues, como señalaba Ortega con razón,
hay que actualizar la potencia del hispanismo en America proporcionándole
elementos —ideas y utensilios— que hagan a los españoles. ser ante ella no solo
españoles, sino actuales.
Ahora bien, Pico afirma
resueltamente la insuficiencia americana: “¿Podremos
—dice—con nuestras propias fuerzas actualizar nuestra potencialidad hispano-europea?
Esto seguro que no”. Mas, por otra parte, Hispanoamérica debe y además quiere
actuar en la Historia Universal, poque en “nuestros hispánicos
genes llevamos el impulso de aquella vocación misionera que fue la más
indiscutible gloria de España”. Mas
todo esto se halla en Hispanoamérica en estado larvado y potencial; se requiere
el acto de Europa para actualizar la muda potencia americana. Pero sólo la
manera europea de España se compagina con el ser histórico de America, por lo
cual, “si España se anquilosa en el
pasado, nos veremos constreñidos, contra nuestros más profundos sentimientos, a
inspirarnos en otros modos, europeos, que no se acomodan fácilmente a nuestra
estirpe”, e incluso que pueden hacer daño
y alterar la no recia estructura de Hispanoamérica. “Por eso volvemos los ojos hacia
la España europea, no sólo por un poderoso afecto filial, sino porque esperamos
de ella la adecuada actualización de nuestro destino común en la historia ecuménica...
En la Hispanidad ya estamos, pero falta su actuación eficiente... La forma de
la Hispanidad es, por ahora, un magnífico proyecto de vida futura”.
Hasta ahora ninguna mirada española
o americana ha llegado más adelante y más adentro que la de Cesar E. Pico en la
vasta entraña ideológica de la Hispanidad. Por ello pondremos aquí punto a esta
mínima recensión del pensamiento hispánico en los pueblos trasatlánticos. Por
otra parte, tanto para completar la fisonomía cultural de Hispanoamérica cuanto
para tratar en sitio oportuno de esos otros modos europeos no hispánicos
aludidos por Pico que pueden suplantarnos en America, nos referiremos a una
triple tendencia ideológica, que en parte logró ya enclavarse en los pueblos
del Nuevo Mundo frente a la Hispanidad : se trata del pensamiento
panamericanista, de la corriente latinoamericanista y de la escisión operada en
círculos católicos en virtud del pensamiento de Jacques Maritain.
El hecho de que podamos
dedicarles aquí a estas corrientes mucho menos espacio que a la hispánica, no
debe hacer creer que sus ámbitos de influencia sean leves o exigua en
voceadores su vigencia.
Respecto de la tendencia
panamericanista, sirva de exponente el pensamiento de Alfonso Reyes, que, ya lo
dijimos, pasa por ser la primera figura intelectual de America y que incluso
suele considerarse como amigo, más o menos vagamente cultural, de España.
Sería un error creer que el
panamericanismo es una pura argucia yanqui encubridora de afanes imperialistas
disfrazados con ropajes religiosos, económicos, culturales, etc.
Aparte de todo esto, el
panamericanismo es la expresión de una especie de tutela integral de signo anglosajón
que aspira a reformar la estructura humana de Hispanoamérica. Pero —y esto es
lo importante—, además de un movimiento captador propulsado por los Estados
Unidos, el panamericanismo es también un anhelo en el ánimo de no pocos
hispanoamericanos. Anhelo muchas veces de signo material operado por
deslumbramiento en zonas de escaso valor espiritual; pero otras veces anhelo de
reforma total, según el modelo de humanidad anglosajona.
Alfonso Reyes afirma que “las posibilidades americanas se
reducen a una posibilidad de armonía continental”. America, la del Norte y la
del Sur, constituye una “síntesis
de la cultura”, definible como “un nuevo
punto de partida” en la
historia del mundo. La homogeneidad espiritual de toda America es superior y decisiva,
porque “las diferencias o
heterogeneidades americanas se reducen a los conceptos de raza y lengua”. Como se ve, la diferencia de religión no es tenida en
cuenta por el pensador mexicano como factor importante de la singularidad
hispanoamericana, como tampoco el estilo español de toda Hispanoamérica ; pero,
además, prosigue Alfonso Reyes, el hiato que supone la diferencia de lengua y
los presupuestos que contiene “camina a
la evanescencia práctica dentro de las comunidades culturales de la humanidad
presente”. Por otra parte, las campañas culturales se sobrepondrán a estas
accidentales diferencias, puesto que “las
grandes inspiraciones morales y políticas, el libre viento de la democracia que
va y viene por el continente, operan como niveladoras rumbo a la “homónoia” o armonía
internacional”. Es curioso que en la misma publicación en que Alfonso Reyes
propugna esta postura se incluya, a continuación de su estudio, otro de Waldo
Frank sobre “El futuro
de Israel en la America hispana” ; el
conocido mixtificador judío trata de demostrar aquí que para las necesidades “sinfónicas” de la nueva cultura americana lo
que se requiere es que los hebreos saturen el solar de Hispanoamérica, ya que están
dotados, dice, de un ethos perfectamente compenetrable con lo ibérico.
En cuanto a las tendencias que se
mueven dentro de la dialéctica del latinoamericanismo, coinciden con las
anteriores, lógicamente, en preferir como raíz de la que ellos llaman Latinoamérica
la identificación entre espíritu católico y estilo tradicional español,
realidades que los secuaces de esta orientación pretenden llegar a raer
prolongando la influencia cultural francesa existente en Hispanoamérica desde los
días de la independencia. Por supuesto, la formula latinoamericana es un equívoco
detrás del cual se esconde como polo de imantación no ya el mundo latino, sino
precisamente la influencia de Francia. Lo mismo que en el caso del
panamericanismo, hay que decir aquí también que no todo se reduce a un mero fenómeno
de propaganda irradiada desde Paris; por el contrario, son muchas las cabezas
hispanoamericanas que se anticipan, como ya vimos al hablar de Zum Felde, a
proclamar una coincidencia esencial entre la vocación universalista americana y
la francesa. Añadamos, entre otras mil muestras posibles, el testimonio del
mexicano Samuel Ramos, que, además de estudiar la conexión de lo americano
actual con lo francés, afirma que “no es
casual”, y señala que, por ejemplo, “el
mexicano de la altiplanicie es de un carácter crítico y reflexivo, amante de la
reflexión y de la claridad lógica como un francés”.
No nos extenderemos en señalar
con nuevos testimonios la gran apertura con que amplios sectores de Hispanoamérica
se ofrecen gozosamente a la penetración de lo que con notoria vaguedad
denominan “lo francés”.
Baste decir que esta propensión al afrancesamiento es percibida por los
hispanistas de America como uno de los más ciertos riesgos que rondan a la fisonomía
espiritual hispanoamericana. Lo mismo que ante el panamericanismo, el
pensamiento de la Hispanidad ha dado la señal de alarma frente a la corriente latinoamericana.
Se percibe, con razón, que en el fondo ese es un rasgo acreditativo, una vez más,
del temperamento clásico español, muy propenso al ofuscamiento ante lo galo,
pero un riesgo al fin. “Habría
que recordar —dice Wagner de Reina a
este respecto— que lo no ibérico lo tenemos precisamente a través de lo ibérico”.
Y Ernesto Palacios afirmaba: “Hasta en
el abuso del galicismo seguimos siendo españoles a pesar nuestro”. Opinión
perfectamente coincidente con la de nuestro Unamuno, que ya hace cerca de medio
siglo sentenciaba con aguda precisión: “Los
hispanoamericanos se afrancesan a la española”.
Hemos visto que el cimiento del
pensamiento católico es el suelo en que se apoya indefectiblemente el ideario
de la Hispanidad en America. Pues bien: en los tiempos modernos hemos asistido
al alumbramiento de una doctrina que tiende a sustraer a lo hispánico la
apoyatura de ese cimiento introduciendo una fisura que divorcie el ideario católico
del hispánico. Esa doctrina, cuyo autor es Jacques Maritain, ha ganado adeptos
en círculos católicos sudamericanos —en Argentina, Uruguay y Chile, sobre todo—
y se basa en propugnar la renuncia a la vieja concepción medieval de la
Cristiandad como armonía y propulsión en la esfera política de los intereses
del catolicismo. En la nueva Cristiandad sonada por Maritain no habrá lugar a
la ecuación entre catolicismo e hispanidad; una de las muchas consecuencias de
la tesis de Maritain fue el supremo “escandalo” que produjo al filósofo francés
y a sus secuaces la guerra española, en la que media España se levantó para defender
con las armas su persistencia como estructura nacional católica. La guerra española,
pues, vino a ser el elemento discernidor de hasta qué punto el pensamiento maritainiano
había introducido en Hispanoamérica, por vez primera, un cisma entre la
conciencia católica y la hispánica. Estalló la polémica entre Maritain y
pensadores como Cesar E. Pico y Julio Meinvielle, que revelaron, una vez más, no
solo su fidelidad al pensamiento de la Hispanidad, sino también la luminosidad intelectual
con que están implantados en la filosofía perenne. En su honor hay que decir
que nadie en España ha objetado a las teorías de Maritain en lo que tienen de
gravemente atañederas a la esencia del pensamiento hispánico con tanta eficacia
como Pico y Meinvielle.
Con esta breve indicación de las
corrientes perceptibles en el área de America frente al pensamiento de la
Hispanidad, daremos por terminado el diseño del actual perfil cultural de Hispanoamérica.
Intentemos tan sólo una especie de rápido resumen que ponga de relieve algunas
consecuencias que parecen desprenderse obviamente de lo expuesto hasta aquí.
HISPANOAMÉRICA y ESPAÑA
De lo expuesto aparece con
bastante claridad la tensión que ejercen hoy en el alma de Hispanoamérica toda
una serie de especiales circunstancias y anhelos. En su fisonomía espiritual,
lo que hay de fenómeno real, cuya complejidad resulta irremisible, se conjuga
con la irrealidad, aun mucho más complejo, de su sueño cultural de forjar un
futuro original y brillante. Como acontece con el individuo en trance de la
pubertad, su psicología oscila y titubea en la definición de una voluntad que
tampoco sabe a punto fijo lo que quiere.
De ahí la dificultad de
interpretar el ademán de Hispanoamérica con el margen de certeza posible al
tratar de otros organismos culturales más adultos. Aquí apenas caben otros
logros que el atisbo y la impresión aparencial, y sólo a título de tal cosa cabe
aventurar ahora unos postreros comentarios.
Un extraño ensimismamiento
convive en la conciencia americana junto a evidentes pretensiones de
universalidad. Pero es el caso que ambos movimientos están en radical
contradicción: por un lado, la reiterada inquisición acerca del propio ser (que
tiene pleno sentido cuando el pesquisidor posee un denso pasado) confiere a esa
conciencia un rictus de edad provecta; mas como, por otro lado, su verdadera edad
es corta, y exiguo su pasado cultural, tanto ensimismamiento resulta desmedido.
He aquí una primera paradoja : su equivalente plástico sería un torso adolescente-
coronado por la cabeza avejentada y cavilosa del penseur de Rodin.
En el trance actual de
Hispanoamérica parecería lógico “ser” más
y preguntarse menos por lo que uno sea. Falta la ingenuidad propia de las
verdaderas culturas juveniles y abunda el sucedáneo de un culturalismo senescente.
Pero puesta a cavilar sobre su
propio ser, y en busca de universalidad, la conciencia americana sólo puede
afincarse en dos cimientos: o lo indígena, que se resume como pura naturaleza,
o lo hispano católico, que informa en calidad de espíritu. Por un exceso de fe
exclusiva en lo ancestralmente espontáneo, muchos hispanoamericanos vienen a
dar en un casticismo de lo indígena que usa y abusa de lo “cósmico”, lo “telúrico”, etc. Incurren en la idolatría
de lo local, del sitio o “topos”,
lo cual tiene a la larga su castigo: de hecho, la tendencia indígena se condena
a transitar por caminos literalmente tópicos, mortalmente incapaces de alcanzar
lo universal.
Por otra parte, ¿qué es y qué
sentido tiene esa universalidad propugnada por las mentes que negaron la tradición
cultural hispanocatólica, única viva en el suelo espiritual de Hispanoamérica?
Sus partidarios incurren en el otro polo de un dilema sin solución posible; lo
universal que ellos pretenden, mero remedo laico y secularización de un afán ecuménico,
no es otra cosa que un vano sincretismo cultural. Al prescindir del estilo y
del espíritu posibles en el cimiento religioso y español de America, lo que se
pretende es elevar el mero saber culto a
un plano superior e inasequible de saber de salvación. Por eso la mística de la
cultura, la mística del arte y de las letras tienen muchas veces allí un aire
de cosa mixtificada y sucedánea. Decimos que es un anacronismo aquello que
aparece estando en un tiempo que no es suyo, sino falso y ajeno; igualmente, lo
que trata de implantarse en un espacio que no puede ser el suyo propio se podría
llamar “anatopismo”, por estar en sitio
falso. En el incurren quienes se traen a rastras desde Paris, Londres o Nueva
York las ultimas exquisiteces culturales para plantarlas a la sombra de los
Andes como fetiches salvadores. de los Andes como fetiches salvadores. Si el
indigenismo corrompe el espacio americano y lo hace “tópico”, la falacia universalista
miente ese mismo espacio, haciéndolo “anatópico”; esto es, ajeno y falso. Lo
anterior se refiere a la entidad de Hispanoamérica en lo concerniente a su naturaleza.
Si ahora pasamos a lo que a su historia se refiere, advertimos por de pronto
que cabe señalar no pocas coincidencias desde el siglo XIX hasta hoy entre la
fisonomía espiritual de Hispanoamérica y la de España. Fenómenos tan
característicos de la escisión española como esa pugna entre casticismo
panegírico y amargo criticismo, entre exaltación de lo vernáculo y vehemencia
europeizante, entre abjuración religiosa y fidelidad a lo esencial, se perciben
también en la otra ribera del Atlántico, aunque estén allí localizados de
manera no siempre coincidente con la nuestra.
El casticismo, por ejemplo, y la
mística de la tierra pueden brotar allá en sectores indigenistas y afectos al
marxismo, o bien en el sector opuesto del americanismo conservador e incluso
hispánico; la cerrazón antieuropea puede ser patrimonio de mentes, por otra
parte, hostiles al cristianismo; un eco unamuniano y noventayochista, de
ahondamiento en la entraña propia, resuena en voces que predican doctrinas muy
diversas: pueden coincidir en la profesión de fe occidental el más valioso
pensamiento católico de la Hispanidad y sectores intelectuales heterodoxos y
antihispánicos. Pero la problemática agitada es, en gran parte, la misma que en
España. ¿A qué es debido esto?
Porque las influencias españolas
sobre América no bastan a explicarlo: es evidente que Menéndez Pelayo, Unamuno,
Ortega o Maeztu han sido tan maestros de América como de España; pero lo son
precisamente en virtud de haber elevado a fórmula o doctrina unas palpitaciones
y tendencias que latían también de algún modo en América. No es, pues, que lo
de allá se parezca o imite a lo de acá, sino que tanto aquello como esto
recorren un camino que, viniendo del mismo punto de partida, discurre ahora por
un paisaje similar y va hacia el mismo horizonte de soluciones generales. Varía
la articulación del elemento problemático en el suelo americano; varía su dosis
y estrategia en el paisaje y en la circunstancia de América, No varían los
rumbos bajo el signo de unas mismas constelaciones.
Hoy se percibe la historia
española, desde el siglo XVIII a nuestros días, como el desarrollo de una
dualidad de tendencias contrapuestas que avanzan sin abrazarse como no sea con
el abrazo de la lucha. Son la España católica y tradicional y la no católica e
innovadora. Ya Figueiredo las estudió y tipificó, y Menéndez Pidal, en un
prólogo reciente, diserta sobre esas dos Españas. Pues bien, en dualidad
irreductible, existe también en las Españas de ultramar: una, la
hispanocatólica, unitaria y coherente, profesa el ideario de la Hispanidad; la
otra, multiforme y dispersa, es la que, habiendo renunciado a la herencia
católica de España, se diluye en la confusión de diversos “ismos”, a su vez
irreductibles entre sí, porque lo único común a todos ellos, a saber, la
abjuración católica, es sólo una realidad de signo negativo, inepta para
construir un futuro hispanoamericano unitario o incluso para reconstruir
históricamente la arquitectura de su propio pasado. Parecerá inaudito, pero ya
hemos visto que muchos de esos pensadores que pretenden sondear la más profunda
esencia de Hispanoamérica ni siquiera se hacen cuestión de la realidad
espiritual más viva en toda la América española: su religiosidad católica.
Hombres como Alfonso Reyes o Zum Felde (por citar nombres señeros) se embarcan
a teorizar alegremente —o angustiosamente, que ahora está más de moda— sobre
esos pueblos de Dios sin ver en ellos nada que los induzca la vislumbre a
gritar alguna vez su “¡Dios a la vista!”. Tan transidos están de lo telúrico y
amaron tanto su cósmica americanidad, que se la dieron también a sí mismos en
espectáculo. Henríquez Ureña, autor de la única Historia de la cultura en la
América hispánica existente hasta ahora, habla en ella de todo menos de las
formas de religiosidad perceptibles en el pueblo de Hispanoamérica: leyéndola,
os podéis enterar de qué hombres de ciencia y de qué bailarinas notables hay o
hubo en los diecinueve países que rezan en español, pero no de las creencias
que éstos profesan ni de cómo el cristianismo se inserta en el bagaje cultural
de Hispanoamérica.
En la otra Hispanoamérica, la
hispánica y la católica, ha sido característico también, junto a una milagrosa
fidelidad a lo esencial, todo ese cortejo de rutinas y perezas que caracterizan
a la España tradicionalista y ensimismada del siglo XIX, y, ante todo, una
heroica cerrazón frente a todo afán renovador, fuera científico, artístico o
literario. Aunque no es poco el avance que en estos años últimos vienen
realizando los núcleos más jóvenes ya aludidos que se agrupan en torno al
pensamiento de la Hispanidad, todavía persiste con abundancia un clima
retardatario, desertor de las tareas que exige nuestro tiempo; ese viejo
hispanismo panegírico, que en lo científico suele andar remansado en el estudio
de las cuestiones coloniales, y en lo artístico literario parece vivir a gusto
entre el romanticismo y la retórica, sigue siendo, en parte, la clave de que
muchos espíritus dotados de sincera inquietud y vivaz inteligencia se pasen a
la otra orilla, naturalmente atraídos por la sugestión y brillantez de una
temática que responde al latido de sus problemas interiores.
Un español puede percatarse de
estas dolorosas realidades de Hispanoamérica porque nuestra propia historia es
demasiado propensa a una patología semejante. Por lo demás, ya era hora de que
la instintiva Celtiberia clausurase su etapa de inhibición y de desgana frente
al panorama hispanoamericano. Es mucho lo que ahora tiene que conocer de ese
paisaje, al fin y al cabo familiar, y mucho lo que debe cultivarlo. Pero es
indudable que nuestro casticismo constituye psicológicamente el peor punto de
partida para poder cumplir una tarea semejante; por otra parte, si no
tuviéramos otra cosa que ofrecer que nuestro desmedrado casticismo, podría
contestársenos, con razón, que América ya tiene bastante con el suyo. Si es muy
amplia la zona de alma hispanoamericana pendiente todavía de exorcismo, lo
único que no puede hacer la inteligencia española, y menos en la hora actual,
es menospreciar esos entuertos que, después de todo, tienen aire de familia con
los nuestros, pues no en vano nos jactamos de ser la progenie espiritual de
Hispanoamérica. Por otra parte, núcleos de la más granada juventud de esos
países tienen puesta en España una esperanza que no cabe defraudar. Cierto que
no nos sobra nada a nosotros mismos en el orden cultural; mas la cultura, por
fortuna, no es materia, como el oro o como el barro, que al repartirse
disminuyen, sino espíritu que crece y germina cuanto más se avienta. En fin,
puesto que los destinos de España e Hispanoamérica están vocados a transitar
por rutas paralelas, conocer su camino y tratar de explorarlo con diligente
amor —exento de halago y menosprecio—, también es cosa nuestra. A eso quisieron
servir estas sucintas notas.

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