"Winternitz: Un revolucionario del arte sacro"

Adolfo C. Winternitz (1906-1993) fue un destacado pintor y vitralista peruano de origen austríaco que se radicó en Lima,  donde fundó la actual Facultad de Arte de la Pontifica Universidad Católica del Perú. En el número 116 de la revista Mundo Hispánico (noviembre de 1957) apareció esta nota  a él dedicada, que ahora compartimos. Su autor es Luis Quesada.





Winternitz: Un revolucionario del arte sacro

FUNDÓ EN LIMA EL PRIMER TALLER DE MOSAICOS 
QUE HA EXISTIDO EN AMÉRICA 

LA GRAN OBRA DE SU VIDA: 
300 METROS CUADRADOS DE VIDRIERA 
EN UNA IGLESIA MADRILEÑA  



Ofrecemos en esta página, con una vista del cementerio del Callao (Perú), dos de los mosaicos de Adolfo C. Winternitz que lo decoran. Hay en el arte de este pintor peruano un profundo sentido social, que trasciende los límites  de la expresividad de la materia. De ahí su busca de elementos idóneos, como la piedra, el cemento, el vidrio, y lo simbólico de su técnica propia, porque el artista se siente vivir involucrado en el mundo que le rodea y sabe que ha quedado atrás la época del personalismo en que el pintor, replegado en la isla de su arte, trabajaba con un regodeo egoísta sobre el lienzo, dejando luego su obra terminada en un semiabandono indefenso frente al problema de su incorporación al ambiente creado por el arquitecto. El mosaico y el vitral llevan implícita una característica especial de colaboración entre el artista, el pintor y el artesano. 


"La resurrección de Lázaro".
Mosaico de Winternitz
en la iglesia del Seminario Menor de León.


Adolfo Winternitz ha conseguido unir a la fe devota unos nuevos procedimientos expresivos a base de una desarticulación de las formas y una embriaguez de tonalidades puras y estridentes, que, utilizadas en otras circunstancias o por distintas manos, nos parecerían excesivamente materialistas y turbias. Sin embargo, nada resulta más espiritual y diáfano que la interpretación de esas formas, deliberadamente arbitrarias y sobrias; nada más tierno que este expresionismo, de apariencia feroz. 

Y todavía, para llevar al último extremo su fidelidad a todo el conjunto de la doctrina que sustenta, Winternitz no solo la describe en función de su técnica de pintor, sino que sale ya, por otros caminos de la plástica, para adoptar la técnica artesana del mosaico o la vidriera. 

El mosaico y el vitral llevan implícita una característica especial de colaboración entre el artista, el pintor e incluso el artesano, muy de acuerdo con nuestra época, y también, aplicados al arte sacro, un afán de perdurabilidad henchido de sugerencias. Este redescubrimiento de una labor legendaria fue efectuado por Winternitz en el Estudio Vaticano del Mosaico, donde ingresó en el año 1938 para crear una pieza con destino a la Casa Pío X, en Roma. Desde entonces ha dedicado una buena parte de su trabajo a esta técnica, y una magnifica muestra de ello lo constituye el decorado del ábside de la iglesia del Seminario Menor de León. El pintor se transforma en artesano, atento solo al logro de su arte, y como continuación obligada de esta dedicación suya, surge la realización de las vidrieras, que son como mosaicos en los que a la dura piedra viene a unirse la límpida transparencia de la luz. 

Pero todo este hallazgo de nuevas formas y la utilización de elementos relegados al olvido vienen a ser poco esfuerzo para el artista inquieto, de tal forma que consagra a la enseñanza mucho de su tiempo, llevando en torno a su persona la actividad del apóstol de la espiritualidad en la plástica. Es tiempo, llevando en torno a su persona la actividad del apóstol de la espiritualidad en la plástica. Es ancha su labor en el Perú como director de la Escuela de Artes Plásticas de Lima y como profesor en la Universidad Católica de la misma ciudad, o en sus viajes por el continente suramericano, en 1948, exponiendo sus obras y pronunciando conferencias en Santiago de Chile, Montevideo, Buenos Aires... Ya anteriormente había efectuado su larga peregrinación italiana, tras salir de su Viena natal en 1929. Había vivido en Venecia, Florencia y Roma, y a Roma vuelve en 1950 como delegado del Perú al Primer Congreso de Artistas Católicos. Con ocasión de este primer regreso a Europa, visita por primera vez España y expone en el Museo Nacional de Arte Contemporáneo, bajo el patrocinio del Instituto de Cultura Hispánica. Desde entonces Winternitz viene a ser como un mensajero en constante movimiento entre Europa y América, como un puente humano por el que circulan ininterrumpidamente los bagajes culturales y artísticos que intercambian los dos continentes. Esta es una de las mayores preocupaciones del artista, que a su sedimento europeo une la dinámica batalladora de su Nuevo Mundo adoptivo. Winternitz ha llevado a éste la madurez templada de la cultura mediterránea y la ha plasmado en la realidad, como la fundación en Lima del primer taller de mosaicos que ha existido en América, o la creación de la Escuela de Artes Plásticas, que dirige actualmente. Por el contrario, trae a Europa el inconformismo y la vitalidad, la alegre juventud y la irrespetuosidad para con las formas gastadas y manidas del arte o la cultura, clásicas al otro lado del Atlántico. De ahí el estrecho vínculo que le une al Instituto de Cultura Hispánica, que viene a ser el gran celador y guardián de este trasvasamiento intelectual, y su amor por España. Winternitz, entroncado en la comunidad hispánica, quiere situar la gran obra de su vida sobre tierra española. Se trata de una de las vidrieras mayores del mundo, que medirá 300 metros cuadrados y quedará instalada en la iglesia del Teologado de los PP. Dominicos del Santísimo Rosario, que construye, cerca de Madrid, el arquitecto Miguel Fisac. El vitral, realizado en cemento armado y cristales, será, sin tópicos, una verdadera maravilla del arte sacro contemporáneo, como lo es ya la arquitectura revolucionaria de la iglesia. 

"La Resurrección".
Otro de los mosaicos de Winternitz.
Está en la iglesia del Seminario de León.


Escribía al principio que Winternitz es un revolucionario del arte sacro, por la 
introducción que ha efectuado dentro del mismo de unos nuevos procedimientos expresivos, no empleados hasta ahora o en muy escasa medida; por su búsqueda incansable de la sobriedad. Sabe que ha pasado el tiempo del barroco y que las iglesias han de edificarse con un criterio actual, que refleje las inquietudes del presente. Y nuestra época tiende a huir de un pretendido barroco, del barroquismo de las últimas décadas, lleno de un sentimentalismo decadente muy mal avenido con la severa rectitud y el equilibrio de la religión de los mártires. De otra parte, el arte sacro ha de abrir sus puertas a muchas tendencias injustamente menospreciadas, como, por ejemplo, la pintura no figurativa. Si bien el arte figurativo es imprescindible en la representación de las personas divinas o los santos, hay en la Iglesia innumerables símbolos, puras ideas metafísicas no representables por la figura humana. 

El catolicismo no es solo quietud y reposo, sino también lucha y actitud decidida, claridad y fortaleza. Aquí encontramos la explicación de por qué las imponentes figuras de Winternitz nos parecen transidas de espiritualidad, estremecidas por una corriente de fe. Todo arte va dirigido a la porción más viril de los sentimientos humanos, y Winternitz ha sabido plasmar esta virilidad valiente y segura de su camino en toda la extensión de su obra. 

L. Q. 

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