"12 de octubre, Día de la Hispanidad"

 

La celebración del Doce de Octubre tiende a adquirir año  con año la plenitud de su significado para todos los  pueblos hispánicos como Dia de la Hispanidad.  Por hoy sólo en España se le da oficialmente ese  nombre ; pero nadie ha inventado otro mejor para expresar  lo que hay de nuestro en esa fiesta —o de nuestro en nosotros—,  y con un poco de buena voluntad de nuestra parte, pronto  se  ha de extender por todo el mundo hispánico, sobre las fútiles  objeciones de mal cariz político que suelen oponerse a la palabra  “Hispanidad”.

Tal vez el peor de nuestros males hispánicos, en más de un  siglo, no hayan sido nuestras guerras civiles, sino nuestra manía  de incorporarlas al lenguaje, con lo que mantenemos más  tiempo viva la discordia y la incapacidad de entendernos. Ese  fue el caso de la palabra “Independencia”, que empezó como  un grito de guerra civil de Hispanoamérica con España, continuó  muchos años como consigna de resentimiento o desconfianza  y ha terminado al cabo por significar una relación más  libre entre las naciones hispánicas, incluida España y en referencia  a ella.  

Españoles han sido los que acuñaron la estupenda palabra  “Hispanidad”, una de las más necesarias en nuestro tiempo de  conglomeraciones supranacionales, en el momento en que precisamente  iba a necesitarse, y españoles también los que han  tratado de imponerle un tabú ineficaz por pasiones políticas.  Se necesita mucha violencia pasional para empeñarse en silenciar  una palabra, y especialmente una palabra tan afortunada.  Pero esa posición negativa es por naturaleza pasajera, ya que  no es otra cosa que un resultado accidental de la guerra civil  española. Los que perdieron la batalla en España, refugiados  en algunos países de Hispanoamérica, donde en cierto sentido  la ganaron, trataban de estorbar la limpia circulación de la  palabra “Hispanidad”, para enturbiar así las inmediatas relaciones  de Hispanoamérica y España, con perjuicio de las otras  más hondas que esa palabra expresa maravillosamente.  

Estas relaciones originarias y permanentes, que corren por  debajo de nosotros en el subsuelo de la Historia, podemos en tenderlas  de una manera o de otra, aceptarlas tal como son o  aspirar a modificarlas ; pero todos los hombres hispánicos, sea  cual fuere nuestro origen nacional o racial, o nuestro credo religioso  o político, las encontramos en nosotros mismos, porque  por ellas justamente somos hispánicos.  

“Hispanidad” es ante todo una palabra —nuestra palabra—,  y cada cual puede aplicarla a una doctrina diferente; pero,  en definitiva, expresa lo que es común a los hombres y los  pueblos hispánicos, lo que les da una relación particular entre  ellos mismos y los distingue de los otros. Podemos discutir la  idea de Hispanidad en Maeztu o García Morente, filosofar sobre lo que es o debe ser el Homo Hispanicus en sus variadas  subespecies, polemizar sobre lo que es o debe ser la Hispanidad  de España o la de México y en qué se diferencia de la de  la Argentina, o discrepar sobre la fórmula jurídica en que se  debe establecer la relación de las naciones del mundo hispánico.  Lo que no cabe es rechazarla como palabra —como palabra  nuestra— cuyo significado nos concierne a todos. ¿O es que no  existen hombres ni pueblos ni naciones hispánicos? ¿Es que  no deben esas naciones aspirar a un mejor entendimiento y mayor unidad? ¿Es que a nada responde esta palabra, “Hispanidad”?  

Los que rechazan la palabra quieren la Hispanidad tanto  como nosotros, sólo que a su manera. Pero no hay que olvidar  que la palabra “Hispanidad” ya ha asimilado a la palabra “Independencia”. La Hispanidad es el arte de conciliar la libertad,  la soberanía y la independencia con la unidad. No es posible  trasladar la idea de Hispanidad del plano nacional al supranacional  sin ampliar sus alcances. No cabe ya desconocer, por  ejemplo, el hecho de que España es tan independiente de Guatemala  como lo es Guatemala de España. Hace diez años esto  no parecía del todo claro. Todavía en 1948, el entonces Presidente  de Guatemala, Juan José Arévalo, le decía, en discurso  oficial, al ministro de Relaciones Exteriores del Ecuador: “En  este siglo XX, antiespañol, tenemos que resurgir apresuradamente. Tenemos que enlazarnos las Republicas españolas de  América y tenemos que acudir a salvar a España, para que  vuelva a sí misma, para que vuelva sobre su esencia democrática  y sobre su magisterio de hidalguía y de valentía frente  al mundo”. En la hora precisa en que España volvía en sí  misma y mostraba la mayor hidalguía y valentía ante el mundo,  incluyendo la propia Guatemala, que tardó un poco más  en volver en sí misma, lo que deseaba el Presidente Arévalo  era su propia Hispanidad de izquierda, dentro del “socialismo  espiritualista” que él predicaba y que condujo a su país al  borde del comunismo materialista; una Hispanidad intervencionista,  con no pocos ribetes de imperialismo, que no concede  a nuestros pueblos el derecho de organizar su democracia como  más les convenga; pero una Hispanidad al fin de cuentas. Hay  que aprender el equilibrio hispánico. Tenemos que respetar la  Hispanidad ajena para poder alcanzar la de todos.  

La realidad hispánica, sin embargo, es de tal solidez, que no  se altera en lo fundamental, por más que se la mire desde la  izquierda o la derecha. El citado discurso de Arévalo contiene  algunos de los mejores párrafos escritos en América sobre la  Hispanidad, si bien omite la palabra, y, con ligeras correcciones,  pudo haberlo firmado el propio don Ramiro de Maeztu.  

Ha referido el Presidente la peregrina anécdota de un Faraón  que presenta un armonioso ballet de pollos disfrazados, a los  que un enemigo del trono dispersa arrojándoles granos de mijo,  y la comenta luego de esta manera, no menos peregrina, pero  sorprendente :  

“El Faraón, para nosotros, es la España eterna, es la lengua  de Cervantes, que en los últimos congresos internacionales  (1948) ha sido arrinconada; es la voluntad de libertad de nuestros  libertadores, es la voluntad de unidad que perduró en el  siglo XIX, es la fraternidad por la sangre y por la idea. Ese  Faraón, ridiculizado con granos de mijo, arrojados por debajo  para azuzar nuestros impulsos gástricos, es Cristóbal Colon,  es Simón Bolívar, es Juan Montalvo. Los presidentes chiquitos  somos los pollos del cuento, que recogemos los granos, prefiriendo  satisfacer necesidades inmediatas antes que salvar la  unidad de un mundo español.  

“Para impedir que se nos tiren granos desde fuera —continuaba  el Presidente Arévalo—, tenemos que enfocar nuestros  problemas por su base. Reorganizar la economía nacional, cultivar  las tierras abandonadas, rectificar las estructuras coloniales  supervivientes y, sobre todo, resucitar la democracia española,  la única democracia compatible con nuestra manera española  de pensar y de sentir. La democracia española no fue  nunca aristocrático y esclavista, como en Grecia; ni fue nunca  una convivencia de comerciantes, como en el Hamburgo de la  Edad Media; ni fue nunca una pelea de ideas religiosas, como  en Francia; ni fue nunca una disputa de fuerzas industriales,  como en los Estados Unidos. La democracia española es la democracia  funcional, es la democracia municipal, es la democracia  institucional, es la persona humana, plena en su unidad  moral y engarzada dignamente con el ámbito social inmediato,  al que sirve por mandato interior. Aquella democracia que nos  trajeron los soldados de Hernán Cortes, que, según los enemigos  de España, venían en busca de oro, pero que, según nosotros,  los hijos de España, venían a saborear de este lado del mar el  deleite de las proezas realizadas con toda libertad personal, en  nombre de un rey distante.  

“Reorganizarnos por dentro en lo económico, en lo cultural,  en lo político —agregaba—. Volver a la democracia y volver  a la federación, para salvar lo más grande que hay en nosotros,  que es lo español. Lo español transfigurado en América. Lo  español físico en esta raza sobrecargada de eros; lo español  espiritual en la suprema figura del Quijote. Y cuando eso suceda,  cuando los americanos españoles nos demos cuenta cabal  de la situación de servicio en que estamos en este mundo  —cuando los españoles americanos nos demos cuenta de la  tragedia de esta dispersión continental de lo español, mientras  las otras lenguas y las otras razas se unifican y se engrandecen  contra lo español— , entonces devolveremos repulsivamente los  granos que se nos arrojan y echaremos abajo las fronteras presidenciales  para enlazar los pueblos y engrandecerlos en su  fraternidad y en su heroísmo”.  

La Hispanidad de izquierda, si está fielmente interpretada  por el ex Presidente Arévalo, no obstante su gran aliento y  sinceridad, tal vez resulte un poco demasiado “españolista”  para ajustarse a todos los gustos hispánicos, más uniforme y  dogmática en su política de lo que es admisible, no distinguiendo  lo suficiente el plano nacional del supranacional; más  sectaria de lo que permite su característica universalidad, más  desconfiada de los Estados Unidos de lo que hoy día parece  razonable y, sobre todo, demasiado impaciente y romántica  para las realidades del momento. Pero la verdad es que más  o menos así pensábamos hace veinte años aquellos jóvenes  hispanoamericanos a quienes se acusaba de procurar, sin más,  el retorno al Imperio. La Hispanidad de izquierda, al parecer,  está más cerca de la de derechas que de la verdadera Hispanidad  de todos, la que corre por debajo y por encima de las  derechas y las izquierdas, y que es no solamente supranacional,  sino también suprapolítica. Hoy miramos las cosas más  clara y sobriamente. A medida que los sueños y los ideales  van acercándose a la realidad, como ha ocurrido en los últimos  diez años, la realidad les da su forma definida y concreta, poniéndolos  a nuestro alcance como objetivos que conseguir uno  tras otro. Hoy parecemos menos ambiciosos que hace veinte  años, porque nuestras ambiciones han ido realizándose con sorprendente rapidez. Nos basta recordar el camino recorrido por  España desde 1945 para hacernos idea de los progresos de la Hispanidad  no solo en el mundo hispánico, sino en el mundo entero.  

La próxima tarea de la Hispanidad, impuesta urgentemente  por nuestra época, será encontrar una forma de acuerdo efectivo  y dinámico para la acción mundial de la Comunidad Hispánica.  La fiesta del Doce de Octubre nos señala el camino  para alcanzarla. Porque el Doce de Octubre no es solamente  el Dia del Descubridor y del Descubrimiento, sino de todo lo  descubierto por el pueblo español y de todo lo creado por los  pueblos hispánicos desde 1492. Es nuestro día: en el que inauguramos  el Nuevo Mundo. Los otros pueblos que hoy lo comparten  y lo celebran con nosotros deben reconocerlo. Pero  somos nosotros los que debemos, antes que nadie, darle al  Doce de Octubre, en todos nuestros países hispánicos, su verdadero  significado y su nombre legítimo, celebrándolo como  “Dia de la Hispanidad”.


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